Países de película

El canal de cable TNT se auto-publicita con anuncios en los que una situación habitual, en un lugar común, repentinamente se vuelve extraordinaria. Así, por ejemplo, en un paseo cotidiano al parque, la gente empieza a convertirse en zombis, luego de ocurrir un pequeño hecho detonante. “Pasa en las películas, pasa en la vida, pasa en TNT”, dice el eslogan.
 

Las películas, creo, son tan apasionantes y atrayentes porque nos llevan a lugares, situaciones o momentos que en la vida real, nosotros los seres humanos promedio, difícilmente podríamos experimentar o visitar.


Las personas son especialmente hermosas o morbosamente feas. La ficción nos lleva a estados de emoción, de adrenalina, de sentimientos a veces tan extremos, pero casi siempre con un enmarcado que nos permita identificarnos, que impida que lo que vemos en la pantalla nos sea del todo ajeno.

Mis amigos hicieron el otro día una fiesta de disfraces con temática de cine, porque era el pretexto ideal para (tomar y) transformarse en aquel personaje de la película -villano o héroe- que siempre quisieron ser. Solo el maquillaje, la actitud impostada y las ropas armadas a fuerza de imitación nos dan la posibilidad de encarnar, aunque sea a modo de juego, a nuestro personaje favorito de la cinta.

La pantalla grande es un lugar para “estrellas”, no para gente común. Otra historia es para los gringos y los europeos, que llevan décadas sintiéndose protagonistas; de ver sus esquinas, parques y monumentos en la gran pantalla. Habemos otro montón de gente que hasta hace poco nos sentíamos muy distantes de todo aquello.

 No importaba lo que pasara en la película: la peor de las fobias, la muerte más escalofriante, el asesino más sádicamente meticuloso, el abismo más oscuro, el arma más poderosa, el demonio más espeluznante; nada importaba porque era una película. Luego de dos horas, volverías a la realidad. Al menos así lo era. 

Poco a poco le fue llegando el turno a nuestros países latinoamericanos de ser los protagonistas. Pero contrario a lo que esperé, ahora que lo experimento, no me gusta la sensación.

La otra noche vi “Miss Bala”, de la productora CANANA -de Diego Luna y Gael García- con la dirección de Gerardo Naranjo.

La reseña publicada en el sitio oficial de la película la resume así: “una muchacha que aspira a concursar en un certamen fronterizo de belleza incurre en un azar que se convertirá en aventura hacia el horror de su vida y, al final, reflejo de todo un país, México… Entre lo intempestivo y la estupefacción, crece una historia que convoca una serie de hechos en apariencia absurdos, inconexos, situaciones anómalas unidas por la violencia y que elaboran la atmósfera más asfixiante y aterradora sobre la cotidianidad de la violencia mexicana filmada hasta ahora”.

Sin ignorar lo buena y bien realizada que está la peli, la desgarradora historia de Laura Guerrero, una bicha 23 años que por mala suerte va a dar a las manos de un grupo de narcos asesinos, y una sucesión de tristes y desafortunados eventos que dejan a una chica prófuga de la justicia, sola y abusada, no me pareció nada ajena a nuestra realidad. Y no me gustó.

Cuando ves en el cine una cinta que se parece demasiado a tu contexto de país, lo ves con otros ojos. Un espectáculo que no tuvo que de ser inventado, y que cada cruel y escalofriante detalle podría estar ocurriendo, igual o peor, ahora mismo en algún lugar cercano, no provoca algo más leve que el pánico.

Los desparpajos sangrientos que hasta hace poco uno se sentía emocionado de ver, desde la distancia de una butaca de cine, se parecen más que nunca a lo que nos rodea todos los días, solo que esta vez, al acabar las dos horas, la realidad sigue siendo la misma o aún peor. Pasa en el cine y pasa en la vida.

Permítame que lo etiquete, señor, como alguien muy normal

Empujada un poco por la recomendación de un estimado compañero de trabajo, me animo a comentar la columna de un “líder de opinión”, un comunicador, quien asustadísimo publica hoy en Diario El Mundo su postura sobre la campaña del Ministerio de Salud para la prevención de VIH/Sida.

Cito: “La homosexualidad no es normal, tampoco lo son los travestis, los transgénero, los que se acuestan con animales, los que hacen orgías, no es normal el que prefiere el sexo con niños, ni los que para lograr excitación recurren a la violencia, a la pornografía, todas estas formas son preferencias sexuales pero desviadas, Dios no creo el género para una exaltación del placer, lo creo para la reproducción y el sostenimiento de su más maravilloso diseño: La familia”, dice este columnista, quien firma orgulloso como “periodista”.

No voy a profundizar en lo indignante y nauseabundo que me parece el que compare  homosexuales con pederastas.

No quisiera tampoco comentar desde cuándo soy asidua consultora de pornografía, y tampoco nombraré la larga lista de personas -buenas, correctas, honorables y productivas- que me ha contado que disfrutan de ella, no solo como estímulo visual y psicológico a la hora del viejo y conocido “in-out”, sino como actividad recreativa a cualquier hora del día.

Tampoco voy a preguntarle al autor si todas las veces que ha hecho el amor en su vida (porque me imagino que coger a lo bravo, a lo mundano, no cabe dentro de sus límites morales) ha sido exclusivamente con el fin único de reproducir la especie.

Y ni hablar del volátil y relativo concepto de “familia”, en un mundo donde las madres abandonan a los recién nacidos en los baños públicos de los centros comerciales o en botaderos; donde los padres abusan sexualmente de sus hijos e hijas; donde los niños -amarrados, encadenados, colgados y maltratados en su propia casa- son rescatados por la policía.

La familia, creo, es un concepto mucho más poderoso que la figura bíblica padre-madre-hijo. Hay madres que son padres. Hay padres que son madres. Hay nietos que son hijos de sus abuelas. Hay tíos que son padres. Hay monjas que son mamás. Hay amigos que darían la vida por los hijos de sus amigos.

Lo que sí voy a hacer es dedicar estas líneas a una pregunta más básica y sencilla: ¿Qué es para nosotros los salvadoreños “normal”, Rafael?

Dice el Diccionario de la Real Academia Española que se entiende por “normal” aquello que sirve de norma o regla. Aquello que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano.

Entonces, qué entendemos nosotros, guanacos, como “normal”, o sea, qué es la regla, cuáles son las normas a las que nos hemos debido ajustar en este país.

Ejemplifico:

“Normalmente”, la fotografía destacada de la portada de La Prensa Gráfica es un homicidio, una masacre, un aparatoso accidente.

Lo normal -y hasta lógico- en El Salvador es que el motorista de la 44, a plena luz de día y a la vista de todos los usuarios, porte un cuchillo de unos 15 centímetros o un bate de béisbol, por si le toca defenderse de algún mañoso, algún asesino.

Lo normal es que te sientas tonto porque te robaron el celular cuando confiadamente lo sacaste para contestar una llamada en la parada de buses.

Está dentro de nuestra normalidad leer noticias TODOS los días sobre asesinatos, masacres sin escandalizarnos, sin que nos cause especial conmoción o indignación.

La regla es que nos decepcione, nos moleste, nos ofenda, nos avergüence el presidente de la República de turno. Eso es normal en este país, ¿o no?

Lo normal nos dice que no podemos despegarle la vista a nuestros hijos ni por un segundo cuando estamos en lugares que se consideran seguros como un supermercado o  un parque. Ahora imagínense en un lugar notablemente inseguro. 

Podría seguir, pero creo que ya se entendió el punto. Así que, después de los ejemplos, ahora me pregunto: ¿A esta normalidad se refiere este columnista cuando escribe que los homosexuales no son normales?  ¿O qué entiende él por normal? ¿Él se considera un modelo hombre normal? ¿Normal es sinónimo de correcto, de ideal?

En un país donde todos los días rogamos, trabajamos, publicamos y suspiramos porque “lo normal” deje de ser el pan de cada día, y la regla se vuelva la excepción; donde las normas que nos rigen son un escándalo en otras latitudes; donde la normalidad nos asusta y nos intimida; ¡a pues sí!, Rafael Domínguez, es usted una persona muy normal.

 

 

[Flash 9 is required to listen to audio.]

Cómo me encanta esta canción de Gustavo Cerati! Del disco Bocanada.

malunochez:

“Tan beautiful, mereces lo que sueñas”.

<3

<3

(Fuente: flidais)

Tags: moleskine

Otra foto de la felicidad.

Otra foto de la felicidad.

(Fuente: fuckyeahmoleskines)

Café + Moleskine = felicidad.

Café + Moleskine = felicidad.

(Fuente: fuckyeahmoleskines)

Totalmente cierto

loysalazaris:

claudusqa:

#Win #Coffee

Tags: coffee book

Me caería un millón de veces de la moto

18 de febrero de 1986. 5:30 a.m.

Desperté cuando el cielo todavía parecía nocturno. Yo tenía 9 años. A esa hora, casi todo el apartamento se iluminaba con la tímida luz de un foco. Me encontré sola con la señora que nos ayudaba con la limpieza en esos días. Mi mami no estaba. Mi padrastro tampoco. Y creo que mi hermano todavía dormía.

Vivíamos entonces en la colonia Zacamil, que era otra. No la de hoy. En aquella época era un lugar bastante tranquilo. A mí, incluso, me parecía bonito. Nada de pandillas. No recuerdo haber escuchado jamás la palabra “droga”. Y más allá del clásico “Jorge y Ana” bordeados por un corazón, en las pareces no había otras manchas ni “placazos”.

Los niños solíamos salir a jugar escondelero o mica hasta las 9:00 ó 10:00 de la noche sin que a nuestros papás se les cruzara por la cabeza la palabra “peligro”.

Vivíamos en el edificio 17, apartamento 22, segunda planta. Son estructuras de dos pisos con una sola escalera exterior de cemento para las cuatro familias que habitamos arriba. Las paredes son de ladrillos rojos, grandes ventanales y techo de Duralita. No tenía cielo falso. A veces hacía calor.

Hacía poco tiempo que nos habíamos instalado en ese lugar. La mudanza fue en combo: habíamos cambiado de núcleo familiar, yo pasé de un colegio privado a una escuela pública; dejamos de vivir en una casa enorme para vivir en aquel apartamento de tres cuartos, sala-comedor, cocina-lavadero-tendedero. Nos habíamos mudado de una vida para empezar otra muy diferente.    

La familia la componíamos cuatro personas: Yin, mi hermano mayor, que entonces tenía 12 años; mi mami, mi padrastro, Roberto - estrenándose como miembro de la familia-, y yo. Pero estábamos a punto de ser cinco.

El cambio de vida nos dio a mi hermano y a mí carencias que hasta entonces desconocíamos, pero también más libertades. En la Miralvalle, donde vivíamos con mis abuelos, éramos bastante sobreprotegidos. Nunca estábamos solos. Además, en una residencial tan grande como esa, difícilmente conocés a tus vecinos.

En “la Zaca”, ya no teníamos la cuidadosa mirada de mi abuelita toda la tarde, así que podíamos salir más, ser más independientes, tomar decisiones y hacer cosas sin permiso. Mi mami y mi padrastro se iban temprano y regresaban hasta la noche. En otras palabras, nos soltaron bastante la pita.

Otro bono: en una colonia donde cada 25 metros a la redonda hay 16 familias, es fácil encontrar más amigos. En la Zacamil abundaban (como supongo que todavía) los bichitos y bichitas.

En mi hogar, sin embargo, yo era la menor y la única niña. Hasta los ocho años, de hecho, se me malcrió bastante por eso. Cuando mi mami se casó con mi padrastro, las cosas cambiaron. Mi burbuja se reventó. Descubrí el mundo real y me preocupaba la prominente barriga que lucía mi progenitora, porque atentaba contra lo poco que me quedaba como “consentida de la familia”.

La angustia se volvía más punzante cuando los adultos –de esos expertos en decirles burradas a los bichos-  me restregaban con una psicodélica y burlona sonrisa:

“Si es niña, te vas a caer de la moto.”

Me parece una soberana estupidez decirle a un bicho que su futuro hermano le va a quitar los privilegios o el espacio o el cariño que tiene dentro de la familia. Yo, como mínimo, putearía fuertemente a quien le dijera algo así a mi hija. Mi mami debió hacerlo, creo.            

A mis tempranos 9, sin embargo, aquello no me quedaba tan claro. La madrugada en la que me encontré sin la familia en la casa, la señora que hacía limpieza me explicó:

     -A su mamá se la llevaron al hospital, porque ya va a tener al bebé”  

     -Ojalá que sea niño, y así no me caigo de la moto”, fue mi inmediata y silenciosa reacción. (Está demás aclarar que mi mami no se había hecho una ultrasonografía. Era una sádica sorpresa.)

Eran ya como las 8:30 de la mañana cuando alguien tocó la puerta. Abrí. Era mi padrastro que, con una eufórica alegría, y todavía desde el pasillo en la calle, me dijo casi a gritos:

     - ¡¡¡ES NIÑA!!!

Sentí que el mundo se desmoronaba. Sentí que me lo habían robado todo. Sentí que me convertía en un cero a la izquierda. Sí, todo lo sentí.

El mundo era demasiado pequeño para mí y mi nueva hermana…

Recuerdo perfectamente cuando la vi por primera vez. Tan enana, tan peluda. Tenía un camanance en su cachete protuberante. Ojos negritos como pacunes y redondos como platos.

Ese 18 de febrero, contrario a todos mis infantiles pronósticos, no nació quien me robaría amor, espacio, atención, protección o cariño. Nació quien traía todo eso y más para darme.

Adopté a mi hermana -un poco a la brava- como una hija. Le sostuve la pachita muchas veces y le di de comer en la boca. La llevé a la escuela, la peiné y le limpié las nalgas. Me perdió, quebró y jodió cosas valiosas. Dejé de ir a clases para llevarla al doctor y me pegaron por su culpa más de una vez. Aplastamos docenas de botonetas con el cepillo en la cama antes de comerlas. Me arruinó recreos en el colegio cuando yo era adolescente, y me hizo mal tercio con mi novio varias veces.

Juntas nos hemos quejado de nuestras desgracias miles de ocasiones, y nos hemos cagado de la risa otras miles.

Compartimos cuarto muchos años. Ahora compartimos casa, carro, obligaciones, gastos, comida, secretos, claves, códigos, gustos, conversaciones, camisas, programas en la tv. La vida la compartimos. 


Hasta que Mariana nació, hace 6 años, en mis sueños aparecía repetida e insistentemente mi hermana, la niñita, la chiquita, como una obsesión.

Natalia -popularmente conocida como Tatai- es de esas personas sin las cuales uno no se imagina la existencia. Lo que siento por ella no lo puedo explicar en un post. Lo que ella significa para mí es un conjunto de sentimientos únicos e incomparables. Su sola presencia es alegría, compañía, apoyo y complicidad.

Qué ignorante era yo aquella mañana en que nació la Tatai. Me caería un millón de veces de la moto por ella.  

Anthony Soprano

- “¿Qué cree que ven en usted todas esas mujeres?”, pregunta al jefe de la familia de la mafia de Nueva Jersey, Anthony Soprano, la Dra. Melfi, en una de sus acostumbradas sesiones de terapia psiquiátrica de los jueves.

 - “No lo sé. Supongo que ven en mí a un hombre”, responde este tipo recio, líder, de mirada y actitud intimidante, esposo, jefe de hogar, amante, padre, hijo, irascible, proveedor, cruel y sensible a la vez, extorsionador, homicida que sufre ataques de pánico… un mafioso de raíces italianas.

Anthony Soprano es lo que se conoce como un “macho alfa”. Un tipo de hombre que difícilmente querríamos tener en casa, en nuestra cama; no solo porque es un mujeriego irremediable, sino porque es un neurótico, un asesino, un criminal.

Sin embargo, no puedo evitar pensar en algunas de sus cualidades de “macho alfa” que son como imanes para algunas de nosotras, que nos mueven las vísceras, nos fulminan la razón, nos congelan el estómago. Esas cualidades exclusivamente masculinas, que los hacen diferenciarse tanto del género femenino y que, a mujeres como yo, nos parecen exquisitas.

No me gustan los metrosexuales. Me dan risa los hombrecitos delicados. Rechazo a aquellos incapaces de tomar decisiones, aniñados, mandilones, frágiles, que al primer problema corren a las faldas de su mamá, y que son incapaces de hacer sentir a su chica como una mujer, como SU mujer.

Qué lástima dan los tipos que tiene que engañar a su novia o discutir con su esposa para poder ir a tomar cervezas con sus amigos un viernes por la noche.

Qué vergüenza dan los que compran la leche de los hijos con dinero de la madre de estos y, estando en la tienda, le llama para reclamarle dignamente que no le dio suficiente.

Me cuesta ver como un hombre de verdad a aquel que, en lugar de enfrentar los conflictos de pareja con la involucrada, va en busca amantes con la excusa de “mi relación es una basura”.

Y qué patéticos son los tipos que requieren instrucciones hasta para decidir qué película ver en el cine o qué restaurante elegir una noche. Prefiero aquellos que saben complacernos tanto como complacerse a sí mismos.

Me gusta el hombre que impone respeto de manera elegante y sutil; que toma su lugar en la relación sin pedir permiso, pero que sabe hacer sentir a su mujer, según la situación o la hora del día, como una reina, una niña mimada; como una compañera, amiga, confidente y aliada; como una socia, cómplice y una consejera; como una amante, un juguete siempre nuevo lleno de botones, luces, perillas y pantallas, o un caramelo irresistible… como la única mujer en el universo.

Existen esos hombres. Pero no nos equivoquemos, ellos también dejan la cortina del baño abierta todos los días, el jabón lleno de pelos y la tapa del inodoro salpicada.

Estos buenos machos también se conmueven ante situaciones injustas y dolorosas.

Estos alfas que se esfuerzan por ser un buenos novios, maridos, esposos –porque dudo que ocurran las cosas por combustión espontánea y sin tropiezos- también se quitan los zapatos y los calcetines a media sala, son impuntuales, gritan cuando se enojan, y pueden pasar el día entero sin darnos ni una llamadita.

Estos hombres “ideales” también nos sacan de quicio con sus necedades e incomprensibles derroches de testosterona. Y también son propensos a la infidelidad… como todos lo somos.

Es que, creo yo –y si me equivoco, ojalá me lo diga alguien-, no se trata de tener un hombre perfecto… ¿Quién demonios quiere un hombre perfecto? ¡Qué aburrido! ¿Quién diablos quiere un príncipe azul que no te agarre la nalga en un descuido y te revuelque en el oído un sucio “¡mamacita rica!”? Al menos yo, no.

Este no es un post antihombres, ¡nooooo! Es un texto pro hombres, defensor de los buenos machos que amamos, que nos cuidan, que nos consienten.

Pienso que sé de lo que hablo, porque también me ha tocado sufrirlos, llorarlos, aguantarlos. Si sabré yo lo cabrones que pueden ser algunos, lo ruines, jodidos, insoportables y abusivos. He visto cosas indignantes, y he vivido otras desmoralizantes. Algunas de las tristezas más profundas en mi corazón han tenido que ver con algún hombre. ¿Pero acaso nosotras, mujeres, no hemos sido también las villanas alguna vez?

Si tanto se habla de la bondad y belleza de algunas mujeres dulces, ejemplares madres, fieles esposas, novias entregadas, por qué no escribir sobre aquellos buenos hombres, tigres que ponen la foto de perfil junto a su chica en Facebook solo para complacerla y, además, agregan “Tiene una relación con…”.

Por qué no celebrar a aquellos que, aunque rudos, toscos y necios, son capaces de hablarle chiquito a su hijita de un año y se les aguan los ojitos cuando esta les dice “papa”.

Escribo para decir lo afortunada que es aquella mujer a cuyo esposo golpearon y robaron el celular en una esquina, cuando pretendía aprovechar el “alto” para llamarle y decirle: “Cosita, ya voy para allá”.

Hoy pienso en los hombres que esperan a su mujer a la salida del trabajo, a las 8:00 de la noche, parado en el parqueo con la mirada fija hacia la puerta, con un pequeñito en pijamas en los brazos.

Tengo ganas de gritar a todos los puntos cardinales que son maravillosos esos hombres que te dicen: “Tus problemas son los míos; si vos tenés un clavo, aquí estoy yo, que no te voy a dejar perder”.

Ya me imagino lo que dirían las feministas radicales si leyeran este texto. Pero, veamos, viví hasta los ocho años en un hogar donde el rey era un hombre, mi abuelo. El doctor Efraín Huete tenía su puesto en la cabecera del comedor y nadie, pero nadie, se atrevería a quitárselo. No porque él gritara o regañara, sino porque sabía imponer autoridad de la manera más inteligente que jamás he visto. A mediodía no se podía hacer ningún ruido en aquella casa porque el señor dormía la siesta y ¡ay de aquel que lo despertara! Mi abuela se encargaba de hacer escarmentar al escandaloso.  Él era el clásico proveedor y ella una típica ama de casa, aunque su caracter también era de cuidado.

Así lo viví y para mí era natural. Pero ese “macho alfa” nunca le alzó un dedo ni la voz a mi abuela. Para ella, solo lo mejor.  Era el más dulce y amoroso padre, esposo y abuelo. Su señora lo consentía con su mejor talento: los más deliciosos platillos y postres porque, sin duda, él se los merecía.

No tengo una sola razón para decir que aquel era un mal ejemplo. Dudo mucho que ese machismo de la vieja escuela haya dañado en algo a mi abuelita, “la Con”, como le decía el papá de mi papi.

Para mi gusto, ese esquema de pareja es demasiado “clásico”. Prefiero algo más actual, más equilibrado. Además, disfruto ser independiente, tomar mis decisiones y trabajar fuera de la casa. Pero hay cosas de aquel modelo que tengo felizmente arraigados.

Así que dedico mis líneas de hoy a las chicas que al leer esto se sientan identificadas, aunque sea un poco; a aquellas que disfrutan cocinar para sus esposos; las que reaccionan como leonas cuando una zorra ronda lo que es suyo; a las chicas que saben complacer y hacerse complacer de sus maridos; las que siempre se perfuman con ese aroma que saben enloquece a su chico; las que entienden que su hombre es también un individuo, que tiene vida propia y que eso le da la libertad de salir a juerguear con los amigos, sin ustedes. Dedico este post a las chicas que prefieren no cortarse el pelo porque temen que no le guste a su novio. A las que han tenido “los huevos” y el coraje de perdonar una infidelidad, porque prefieren eso que verse sin ese hombre que sí es bueno, aunque la haya cagado.

Estas mujeres, yo creo, hacen bien.

Los hombres buenos que se esfuerzan por ello, por dar la sombra más grande a su hogar, a su relación, -yo opino- merecen paciencia y cariño.

Aquellas cosas que de plano sabemos que no vamos a cambiar porque “así son ellos”, opino, hay que tomarlas con sabiduría y paciencia, aunque a veces cueste.

Personalmente -y esta es mi humilde opinión- yo reclamo cuando tengo que reclamar, exijo siempre lo que creo que me corresponde, pero también sé que un hombre es un hombre.

Al final del día, en el calorcito de la cama, cada noche me siento la mujer más amada del universo.

Dalí inexplicable.

miltonrodolfo:

historiasdecronopiosydefamas:

Portrait of Salvador Dalí for LIFE magazine by Philippe Halsman, 1948.

el maravilloso dalí…

Dalí inexplicable.

miltonrodolfo:

historiasdecronopiosydefamas:

Portrait of Salvador Dalí for LIFE magazine by Philippe Halsman, 1948.

el maravilloso dalí…

(Fuente: lasciudadesinvisibles)