- “¿Qué cree que ven en usted todas esas mujeres?”, pregunta al jefe de la familia de la mafia de Nueva Jersey, Anthony Soprano, la Dra. Melfi, en una de sus acostumbradas sesiones de terapia psiquiátrica de los jueves.
- “No lo sé. Supongo que ven en mí a un hombre”, responde este tipo recio, líder, de mirada y actitud intimidante, esposo, jefe de hogar, amante, padre, hijo, irascible, proveedor, cruel y sensible a la vez, extorsionador, homicida que sufre ataques de pánico… un mafioso de raíces italianas.
Anthony Soprano es lo que se conoce como un “macho alfa”. Un tipo de hombre que difícilmente querríamos tener en casa, en nuestra cama; no solo porque es un mujeriego irremediable, sino porque es un neurótico, un asesino, un criminal.
Sin embargo, no puedo evitar pensar en algunas de sus cualidades de “macho alfa” que son como imanes para algunas de nosotras, que nos mueven las vísceras, nos fulminan la razón, nos congelan el estómago. Esas cualidades exclusivamente masculinas, que los hacen diferenciarse tanto del género femenino y que, a mujeres como yo, nos parecen exquisitas.
No me gustan los metrosexuales. Me dan risa los hombrecitos delicados. Rechazo a aquellos incapaces de tomar decisiones, aniñados, mandilones, frágiles, que al primer problema corren a las faldas de su mamá, y que son incapaces de hacer sentir a su chica como una mujer, como SU mujer.
Qué lástima dan los tipos que tiene que engañar a su novia o discutir con su esposa para poder ir a tomar cervezas con sus amigos un viernes por la noche.
Qué vergüenza dan los que compran la leche de los hijos con dinero de la madre de estos y, estando en la tienda, le llama para reclamarle dignamente que no le dio suficiente.
Me cuesta ver como un hombre de verdad a aquel que, en lugar de enfrentar los conflictos de pareja con la involucrada, va en busca amantes con la excusa de “mi relación es una basura”.
Y qué patéticos son los tipos que requieren instrucciones hasta para decidir qué película ver en el cine o qué restaurante elegir una noche. Prefiero aquellos que saben complacernos tanto como complacerse a sí mismos.
Me gusta el hombre que impone respeto de manera elegante y sutil; que toma su lugar en la relación sin pedir permiso, pero que sabe hacer sentir a su mujer, según la situación o la hora del día, como una reina, una niña mimada; como una compañera, amiga, confidente y aliada; como una socia, cómplice y una consejera; como una amante, un juguete siempre nuevo lleno de botones, luces, perillas y pantallas, o un caramelo irresistible… como la única mujer en el universo.
Existen esos hombres. Pero no nos equivoquemos, ellos también dejan la cortina del baño abierta todos los días, el jabón lleno de pelos y la tapa del inodoro salpicada.
Estos buenos machos también se conmueven ante situaciones injustas y dolorosas.
Estos alfas que se esfuerzan por ser un buenos novios, maridos, esposos –porque dudo que ocurran las cosas por combustión espontánea y sin tropiezos- también se quitan los zapatos y los calcetines a media sala, son impuntuales, gritan cuando se enojan, y pueden pasar el día entero sin darnos ni una llamadita.
Estos hombres “ideales” también nos sacan de quicio con sus necedades e incomprensibles derroches de testosterona. Y también son propensos a la infidelidad… como todos lo somos.
Es que, creo yo –y si me equivoco, ojalá me lo diga alguien-, no se trata de tener un hombre perfecto… ¿Quién demonios quiere un hombre perfecto? ¡Qué aburrido! ¿Quién diablos quiere un príncipe azul que no te agarre la nalga en un descuido y te revuelque en el oído un sucio “¡mamacita rica!”? Al menos yo, no.

Este no es un post antihombres, ¡nooooo! Es un texto pro hombres, defensor de los buenos machos que amamos, que nos cuidan, que nos consienten.
Pienso que sé de lo que hablo, porque también me ha tocado sufrirlos, llorarlos, aguantarlos. Si sabré yo lo cabrones que pueden ser algunos, lo ruines, jodidos, insoportables y abusivos. He visto cosas indignantes, y he vivido otras desmoralizantes. Algunas de las tristezas más profundas en mi corazón han tenido que ver con algún hombre. ¿Pero acaso nosotras, mujeres, no hemos sido también las villanas alguna vez?
Si tanto se habla de la bondad y belleza de algunas mujeres dulces, ejemplares madres, fieles esposas, novias entregadas, por qué no escribir sobre aquellos buenos hombres, tigres que ponen la foto de perfil junto a su chica en Facebook solo para complacerla y, además, agregan “Tiene una relación con…”.
Por qué no celebrar a aquellos que, aunque rudos, toscos y necios, son capaces de hablarle chiquito a su hijita de un año y se les aguan los ojitos cuando esta les dice “papa”.
Escribo para decir lo afortunada que es aquella mujer a cuyo esposo golpearon y robaron el celular en una esquina, cuando pretendía aprovechar el “alto” para llamarle y decirle: “Cosita, ya voy para allá”.
Hoy pienso en los hombres que esperan a su mujer a la salida del trabajo, a las 8:00 de la noche, parado en el parqueo con la mirada fija hacia la puerta, con un pequeñito en pijamas en los brazos.
Tengo ganas de gritar a todos los puntos cardinales que son maravillosos esos hombres que te dicen: “Tus problemas son los míos; si vos tenés un clavo, aquí estoy yo, que no te voy a dejar perder”.
Ya me imagino lo que dirían las feministas radicales si leyeran este texto. Pero, veamos, viví hasta los ocho años en un hogar donde el rey era un hombre, mi abuelo. El doctor Efraín Huete tenía su puesto en la cabecera del comedor y nadie, pero nadie, se atrevería a quitárselo. No porque él gritara o regañara, sino porque sabía imponer autoridad de la manera más inteligente que jamás he visto. A mediodía no se podía hacer ningún ruido en aquella casa porque el señor dormía la siesta y ¡ay de aquel que lo despertara! Mi abuela se encargaba de hacer escarmentar al escandaloso. Él era el clásico proveedor y ella una típica ama de casa, aunque su caracter también era de cuidado.
Así lo viví y para mí era natural. Pero ese “macho alfa” nunca le alzó un dedo ni la voz a mi abuela. Para ella, solo lo mejor. Era el más dulce y amoroso padre, esposo y abuelo. Su señora lo consentía con su mejor talento: los más deliciosos platillos y postres porque, sin duda, él se los merecía.
No tengo una sola razón para decir que aquel era un mal ejemplo. Dudo mucho que ese machismo de la vieja escuela haya dañado en algo a mi abuelita, “la Con”, como le decía el papá de mi papi.
Para mi gusto, ese esquema de pareja es demasiado “clásico”. Prefiero algo más actual, más equilibrado. Además, disfruto ser independiente, tomar mis decisiones y trabajar fuera de la casa. Pero hay cosas de aquel modelo que tengo felizmente arraigados.
Así que dedico mis líneas de hoy a las chicas que al leer esto se sientan identificadas, aunque sea un poco; a aquellas que disfrutan cocinar para sus esposos; las que reaccionan como leonas cuando una zorra ronda lo que es suyo; a las chicas que saben complacer y hacerse complacer de sus maridos; las que siempre se perfuman con ese aroma que saben enloquece a su chico; las que entienden que su hombre es también un individuo, que tiene vida propia y que eso le da la libertad de salir a juerguear con los amigos, sin ustedes. Dedico este post a las chicas que prefieren no cortarse el pelo porque temen que no le guste a su novio. A las que han tenido “los huevos” y el coraje de perdonar una infidelidad, porque prefieren eso que verse sin ese hombre que sí es bueno, aunque la haya cagado.
Estas mujeres, yo creo, hacen bien.
Los hombres buenos que se esfuerzan por ello, por dar la sombra más grande a su hogar, a su relación, -yo opino- merecen paciencia y cariño.
Aquellas cosas que de plano sabemos que no vamos a cambiar porque “así son ellos”, opino, hay que tomarlas con sabiduría y paciencia, aunque a veces cueste.
Personalmente -y esta es mi humilde opinión- yo reclamo cuando tengo que reclamar, exijo siempre lo que creo que me corresponde, pero también sé que un hombre es un hombre.
Al final del día, en el calorcito de la cama, cada noche me siento la mujer más amada del universo.